Hammam


Tumbada boca arriba en el centro de una enorme peana octogonal de mármol, trescientos años de luz penetran por las estrellas horadadas en la cúpula bizantina. Trescientos años de historia grabada en los suelos y las paredes me contemplan desnuda.

Imagino trescientos años de mujeres de ojos negros cuchicheando, riendo con el rumor del agua de fondo, despojadas de sus largas ropas, de sus pañuelos, sin sus maridos ni sus hijos, sintiéndose por un rato libres, arropadas por la penumbra de estos muros.

Trescientos años de gotas caen lentamente desde el techo, algunas se estrellan contra la lámpara de cristal que cuelga encima de mi, pulverizándose al instante y saliendo disparadas en todas direcciones; otras resbalan sobre mi cuerpo, mientras espero impaciente mi turno.

Es la primera vez que estoy en un HAMMAM

Estos son los baños más antiguos y hermosos de Estambul, el mármol blanco con vetas grisáceas ha oscurecido por el paso del agua y del tiempo. En la entrada junto al mostrador cuelgan como un tesoro en una vitrina las fotos descoloridas de un reportaje a Kate Moss, tomadas en esta misma sala hace algunos años.

La entrada pasa casi desapercibida desde la calle y no deja adivinar lo que sucede aquí dentro.

La masajista me coge suavemente de la mano y sonriendo me indica que me tumbe en el borde del octógono. Se comunica conmigo por señas y unas pocas palabras en inglés.

“turn”

“back”

“scrach”

 “relax”

Cierro los ojos y me abandono a su sabiduría.

Noto una enorme melena vegetal, tibia y suave enjabonándome la espalda, con ella me frota todo el cuerpo, para lo que pide permiso por señas y sonriendo.

Huele a jabón, como el que hacía mi abuela. Hace calor, la piedra está caliente y el vapor desdibuja las siluetas desnudas que pululan por la habitación. Me asombra su destreza, la velocidad y la intensidad del masaje son perfectas.

De vez en cuando me aclara el cuerpo suavemente con agua tibia, como tengo los ojos cerrados siempre me pilla desprevenida.

Me pregunta con monosílabos y curiosidad:

-“children?”

-Two, le contesto. Se asombra.

-” work?”

Verás tu -pienso.

-Pilot y le hago el gesto de un avión volando con la mano, no sé si me ha entendido.

No me pregunta más. Parece diferente a las otras, más joven, se nota que le gusta lo que hace, no tiene la mirada perdida como las demás que masajean mecánicamente a las turistas.

De la mano otra vez me lleva hasta los grifos que hay en la pared, a baja altura. Me pide que me siente en el suelo y conmigo entre sus piernas, sentada detrás de mi, me aclara despacio todo el cuerpo.

wash hair”

Echo la cabeza hacia atrás y  me siento como Meryl Streep en Memorias de África pero sin Mozart, sin avión y sin Robert Redford.

Nunca me habían lavado el pelo con tanta delicadeza, podría quedarme aquí, entregada, durante horas.

-“finish”

Escucho en pleno éxtasis… y me hace un moño perfecto solo con sus manos y sin más se despide, sonriendo.

Según comienzo a caminar con mis sandalias de tacón y  mi vestido negro barriendo el suelo, entre el caos de turistas y comerciantes el moño perfecto se va lentamente deshaciendo y riego las calles de Estambul desde los baños de Cagaloglu hasta el Bazar de las Especias con trescientos años de historia chorreando por mi cuerpo.

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